El Tzikín de Honduras: la mesa que se pone para los que ya no están

Cada 1 de noviembre, en las aldeas maya-chortíes de Copán, las familias ponen un altar con la comida que más le gustaba a quien ya no está. Se llama Tzikín, y es una de las tradiciones más antiguas y más desconocidas de Honduras.

Ilustración de un altar del Tzikín con velas encendidas, flor de muerto, tortillas, tamales, atol y queso bajo una cruz de hojas

Hay recuerdos que tienen sabor. El de las tortillas que salen infladas del comal, el de los tamales que la abuela envolvía en hoja la noche antes, el del atol todavía caliente en una casa donde siempre había sitio para uno más. A veces basta un olor para volver, de golpe, a un corredor de Copán o de Santa Rosa que uno dejó hace veinte años.

En el occidente de Honduras, a la sombra de las ruinas de Copán, hay una tradición que convierte esa relación entre la comida y la memoria en algo sagrado. Los maya-chortíes la llaman Tzikín.

¿Qué es el Tzikín?

El Tzikín, que también se escribe Tz’ikin, es la «comida para los muertos» del pueblo maya-chortí, que vive sobre todo en el departamento de Copán. Es una ceremonia para honrar la vida y a los espíritus de los antepasados: cada Tzikín se dedica a alguien, casi siempre un familiar que ya se fue, y se le encienden velas y se reza por él. En ella conviven las creencias mayas de siempre con los rosarios y los santos que llegaron después.

Detrás hay una idea muy hermosa: que todas las comidas tienen espíritu. Cuando la familia pone en el altar el plato que le gustaba al abuelo, el espíritu de esa comida se junta con el suyo. No se le ofrece cualquier cosa: se le ofrece lo que era suyo.

¿Cuándo y dónde se celebra?

El día grande es el 1 de noviembre, Todos los Santos. Se celebra en aldeas chortíes como Carrizalón, en Copán Ruinas, Cholco o San Antonio de Tapesco, y en Copán Ruinas también se han hecho ceremonias públicas para darlo a conocer. Hay dos maneras de hacerlo. El Tzikín familiar lo paga y lo prepara una sola familia, en su casa. El comunitario se hace en la escuela o en la iglesia, y cada vecino lleva lo que puede: unos tamales, otros tortillas, otros las velas.

Un altar con lo que le gustaba

El altar se arma a veces desde el día antes. Afuera se ponen hojas de comte en forma de cruz; adentro, flores vistosas, sobre todo la flor de muerto, con su naranja encendido. Y encima, la comida: tamales, ticucos, frijoles, queso, cuajada, tortillas recién hechas y ollas de atol chuco. Si la difunta era golosa del queso, hay queso. Si el abuelo no perdonaba sus ticucos, hay ticucos.

La ceremonia la guía un padrino o rezador que conoce el oficio. Los que rezan se preparan durante días, de cuatro a doce, comiendo solo tortilla, frijoles y agua. Esa noche hay dos rosarios, uno a las siete y otro a medianoche. Y nadie prueba bocado hasta que el guía lo ordena. Entonces la comida se reparte entre todos los que están: es lo que no se comieron los espíritus. Lo que se preparó para los muertos termina reuniendo a los vivos.

Una conversación como esta, recreada aquí, podría oírse esa noche en cualquier casa:

—Abuela, ¿y los muertos de verdad se comen todo eso?

—Se comen el espíritu de la comida, cipote. Lo demás nos lo dejan a nosotros.

—¿Y por qué hay ticucos, si a usted no le gustan?

—Porque a tu abuelo sí. Y esta noche la mesa es de él.

Para los hondureños que celebran lejos

No todos los catrachos conocen el Tzikín: es una tradición de los pueblos chortíes del occidente. Pero lo que cuenta lo entiende cualquiera que haya dejado su tierra. Quien vive en Houston, en Nueva Orleans o en Nueva York sabe que hay recuerdos que se quedaron pegados a una mesa: la receta de la mamá, las reuniones de noviembre, la voz de un abuelo que contaba historias mientras los demás escuchábamos.

Este noviembre se puede hacer algo muy sencillo. Cocinar el plato favorito de alguien que ya no está, encender una vela junto a su foto y contarles a los hijos quién era, de dónde venía y qué le gustaba comer. La memoria no necesita monumentos. A veces cabe en un plato de tamales.


De la tradición a la leyenda

Cubierta de Voces de Honduras

El Tzikín es una tradición viva, no una leyenda. Pero las dos nacen de la misma pregunta: qué pasa con los que se fueron. En Voces de Honduras, La Ronda de las almas en el Cerro El Picacho lleva esa pregunta a las noches de Tegucigalpa, y La Mula herrada de Santa Rosa de Copán nos devuelve a las tierras del occidente.

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Fuentes: Yonny Rodríguez, «Tzikín, la comida de los muertos», El Heraldo (2020) · «El Tzikín, la comida para los muertos», TuNota (2020) · «Copán Ruinas celebra mañana la ceremonia del Tz’ikin», El País. Ilustración: Voces de Centroamérica. El diálogo de este artículo es recreado.

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